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La colonización San Lorenzo: cincuenta años después


Publicado en: La Revista Agraria 124, noviembre 2010
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El modelo de irrigación que el Estado viene promoviendo, desde hace algunos años, con ejemplos como Chavimochic, Olmos y Majes-Siguas II, es a todas luces excluyente de los pequeños y medianos productores. La experiencia de la Irrigación San Lorenzo, en Piura, a pesar de sus dificultades, es un espejo en el que deberían mirar quienes creen que la agricultura solo es rentable si se practica a gran escala.

 

La Irrigación San Lorenzo formó parte de un proyecto piloto de desarrollo rural promovido por el Banco Mundial para América Latina, y se convirtió en el programa de ampliación de frontera agrícola más importante del Perú, transformando una zona desértica en un valle altamente productivo. ¿Qué hizo que un modelo que privilegió a los pequeños y medianos agricultores continúe exitosamente cincuenta años después? Presentamos un recorrido de lo que significó la colonización de las tierras en San Lorenzo y de lo que hoy es uno de los valles con mayor diversidad productiva del país.

La infraestructura hidráulica de la Irrigación San Lorenzo se construyó entre 1948 y 1960, y en gran parte fue financiada con un préstamo del Banco Mundial. Comprendió obras civiles de gran envergadura: un reservorio con capacidad para almacenar 250 millones de metros cúbicos, y una amplia red de más de 1,300 kilómetros de canales principales y secundarios, que permitirían el riego regulado de más de 20 mil hectáreas.

Si bien, hasta allí, San Lorenzo fue concebido como un modelo de irrigación típico, hubo algo que lo hizo diferente. El modelo, planteado por el propio Estado, consistía en la entrega de terrenos a pequeños y medianos agricultores (el lote más grande fue de 80 ha), que además incluía servicios de acompañamiento técnico directo a los colonos, para lo cual se envió desde Lima un equipo conformado por ingenieros agrónomos, especialistas en riego, extensionistas agrícolas, economistas, educadores, etc.

Un grupo de profesionales se dedicó a elaborar los mapas, con los límites definidos de los predios, y a identificar los tipos de suelo, lo que permitió hacer una valorización por hectárea de cada una de las parcelas. Luego se convocó a los agricultores de Piura y del resto del país —principalmente de la costa— que estuvieran interesados en ocuparlas, aunque tuvieron prioridad los agricultores del área inundada por el reservorio, así como los yanaconas, exarrendatarios y expropietarios de las zonas expropiadas1.

Alejandro Seminario, ingeniero agrónomo que integró el equipo de especialistas encargado de la selección de los colonos, recuerda que, en 1961, «muchos agricultores y un grupo muy grande de profesionales nos dedicamos a recibir a los potenciales colonos. Los llevábamos a pasear por las zonas donde estaban las parcelas. Íbamos con ellos al campo y allí eran entrevistados para conocer las habilidades que tenían para la agricultura. Los íbamos calificando de acuerdo a quienes tenían las mayores facultades o conocimientos para un exitoso aprovechamiento de cada una de estas parcelas».

El proceso de adjudicación de tierras duró cinco años. Los colonos pagaron una cuota inicial y la diferencia fue amortizada en los quince años siguientes. En su etapa inicial, el proyecto incluía a ingenieros agrónomos especialistas en riego. Un agricultor tenía un ingeniero de muy buen nivel que lo asesoraba sobre la mejor forma de regar sus parcelas, y eso sirvió para construir todo el sistema de riego desde la toma principal hasta la parcela.

Los colonos contaron además con un sistema de extensión agrícola: ingenieros con experiencia en cultivos transitorios y permanentes que evaluaban, de acuerdo con la calidad de los suelos y la disponibilidad de agua, qué tipos de cultivo se adaptaban mejor a determinada parcela. «Había una oficina de mercados que indicaba qué productos se estaban comprando, a qué precios, en qué zona. Con el tiempo se organizaron cooperativas de producción y terminaron teniendo plantas de procesamiento de frutas y hortalizas. Hubo incluso un programa de vivienda que tenía como meta entregar una casa de colono por día», señala Seminario.

Sembrando el desierto

La Irrigación y Colonización San Lorenzo es el distrito de riego que con mayor acierto ha practicado la diversificación de cultivos: actualmente son 35 mil las hectáreas bajo riego, donde el mango y el limonero ocupan la mayor área (14 mil y 8 mil ha, respectivamente). Además de estos productos, se siembra arroz, menestras, algodón, palto, maíz, entre otros.

Hasta 2007, la rentabilidad de los productores de mango se mantuvo en niveles altos. Sin embargo, las últimas campañas han sido complicadas para aquellos, sobre todo porque el boom de la agroexportación hizo que la siembra del producto creciera de manera desordenada, lo que llevó a que los precios cayeran a niveles muy bajos (S/.4 la jaba de 20 kilos de mango de exportación). Este año las cosas parecen mejorar para los productores: en el inicio de la cosecha se están logrando precios de hasta S/.27 la jaba.

Productos como el limón, el arroz y el maíz mantienen niveles de rentabilidad aceptables en estos años, lo que ha permitido a los productores de San Lorenzo invertir sus ganancias en otros negocios que les generan ingresos adicionales, fuera de la actividad agraria. «Nosotros, a partir de la chacra, hemos podido tener otro tipo de negocios: ahora hay agricultores que siembran flores y las llevan a vender a Piura; muchos tienen sus ferreterías, sus tiendas, casas comerciales y diferentes negocios que poco a poco los van ampliando», señala Francisco Ojeda, agricultor y dirigente del valle de San Lorenzo.

El ingeniero Ángel Gamarra, presidente de la Asociación de Productores de Mango, destaca que a casi cincuenta años del inicio de la colonización, «Tambogrande es una zona emergente, con hoteles, restaurantes, tiendas. Se ve mucha inversión, mucho movimiento. Hay mejoras notables en cuanto a generación de empleo, vías de acceso, etc.».

La unión hace la fuerza

El informe de evaluación de impacto realizado en 1982 por el Banco Mundial señala entre sus hallazgos que «la característica más llamativa del proyecto fue el establecimiento de organizaciones de productores fuertes y eficientes. Estas organizaciones de agricultores fueron capaces de organizarse, para hacer frente a las crecientes dificultades y para mantener niveles satisfactorios de vida y seguridad para todos los colonos».

A lo largo de estos cincuenta años los agricultores han mantenido el espíritu asociativo que les permite obtener mejores precios para sus productos, desde la ya célebre Asociación de Colonos de San Lorenzo, pasando por las cooperativas agrarias de producción, hasta las actuales asociaciones de productores. Hay, incluso, experiencias de asociaciones que han logrado instalar miniplantas de procesamiento de mangos. Esta unión de los agricultores les permitió en 2002 expulsar a la compañía minera Manhattan, que pretendía explotar la mina de oro ubicada en pleno corazón del valle.

Pero no todo ha sido color de rosa en este tiempo. A los recientes problemas de rentabilidad se suma la nula investigación y extensión agraria por parte del Estado. Desde 1976, en que se terminaron las obras del proyecto, se dejaron de lado las investigaciones de nuevos cultivos, e incluso la estación experimental que se instaló en el valle ha dejado de funcionar. Y si bien los colonos han conseguido adecuarse a la Ley General de Recursos Hídricos y convertirse en una de las juntas de usuarios más organizadas del país, han sido pocos los esfuerzos que se han hecho por mantener en buen estado la infraestructura mayor del sistema de riego. En la actualidad subsisten serios problemas de salinización de los suelos, provocados por una deficiente infraestructura de drenaje.

El ingeniero Seminario resume de esta manera el cambio en la vida de varios de los colonos que llegaron a San Lorenzo: «El salto de una persona que vivía criando cabras en el monte, en zonas que solo tenían algo de vegetación, en una economía totalmente marginal, y que de pronto se convierte en propietario de un terreno y con un equipo inmenso de profesionales alrededor de él, simplemente lo convierte en otra persona».

La convocatoria para la subasta de tierras en Olmos (Lambayeque) se realizará entre finales de noviembre y comienzos de diciembre. Se trata de 38 mil ha que estarán, en el mejor de los casos, en manos de cuarenta personas o empresas, un número que dista mucho de los 1,300 colonos que hace cincuenta años llegaron a ocupar las 20 mil ha de la Irrigación San Lorenzo; agricultores que, a pesar de las dificultades mencionadas, consiguieron ganarle terreno al desierto piurano y convertirlo en uno de los valles más productivos del Perú.

 

Nota

1)Valor económico del valle de San Lorenzo. Juan Aste Daffos. Lima, 2002, pág. 8.

 

 

El reto de los nuevos colonos

La de ahora es ya la segunda generación de agricultores en San Lorenzo, hijos e hijas de colonos que siguen apostando por la pequeña y mediana agricultura en el valle. Los tiempos ya no son los mismos y deben adecuarse a los desafíos de un modelo que privilegia la gran agricultura. Por ello, y en alianza con la empresa privada, se viene promoviendo la siembra de nuevos cultivos, como la vid, que está dando buenos resultados e ingresos para el agricultor mediano, y obligando a que los pequeños se asocien a una cadena productiva a fin de acceder a préstamos del sistema financiero. El precio actual, de US$1.40 por kilo de la variedad Red Globe, la convierte en un cultivo altamente rentable.

A ello se suma la iniciativa de los productores de trabajar con cultivos intercalados, como las menestras (especialmente el frijol Castilla), y con cultivos asociados, como el cacao. Además, se está promoviendo un manejo técnico del cultivo de mango, introduciendo nuevas variedades y virando a los mangos del tipo amarillo, originarios de la India, que están entrando muy fuerte en el mercado internacional y que son tempraneros, lo cual permitiría lograr mejores precios.

 

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